"La MUCHACHA está sentada en un banco, bajo un manzano, junto a la puerta principal de un edificio parecido a un castillo y situado en un valle de alta montaña, que un distinguido caballero ha descubierto en las excursiones que realiza de iglesia en iglesia y de una construcción curiosa a otra. El caballero se detiene junto a la valla del jardín y se siente fascinado por la belleza de la muchacha, que lleva largas trenzas. Finge escribir algo en su cuaderno, pero en realidad observa sin cesar a la muchacha. Es observado a su vez por las monjas del convento que trabajan en la huerta, pero no se apercibe de ello. No quiere pertubar la tensión que existe entre la muchacha y él, y por eso no se adelanta para hablarle. Sin embargo, piensa, en un momento dado se presentará a sí mismo y entablará conversación con ella. Le contará de sus viajes y, de esa forma, establecerá rápidamente contacto. Le hablará del mundo en que él vive. Sin embargo, en el momento en que se decide a avanzar hacia la muchacha, ésta levanta en el aire una pierna cubierta por una larga media y se estira con ambas manos las trenzas. Como no sabe hablar, emite sonidos incomprensibles. Se tira de las trenzas hasta que la sangre le nubla los ojos. Sólo entonces se da cuenta el caballero de que se encuentra en los terreenos de un manicomio, y se aleja al instante, sin cuidarse de las monjas del convento, que agarran a la muchacha y la hacen entrar en la casa."
Thomas Bernhard
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