"La MUCHACHA está sentada en un banco, bajo un manzano, junto a la puerta principal de un edificio parecido a un castillo y situado en un valle de alta montaña, que un distinguido caballero ha descubierto en las excursiones que realiza de iglesia en iglesia y de una construcción curiosa a otra. El caballero se detiene junto a la valla del jardín y se siente fascinado por la belleza de la muchacha, que lleva largas trenzas. Finge escribir algo en su cuaderno, pero en realidad observa sin cesar a la muchacha. Es observado a su vez por las monjas del convento que trabajan en la huerta, pero no se apercibe de ello. No quiere pertubar la tensión que existe entre la muchacha y él, y por eso no se adelanta para hablarle. Sin embargo, piensa, en un momento dado se presentará a sí mismo y entablará conversación con ella. Le contará de sus viajes y, de esa forma, establecerá rápidamente contacto. Le hablará del mundo en que él vive. Sin embargo, en el momento en que se decide a avanzar hacia la muchacha, ésta levanta en el aire una pierna cubierta por una larga media y se estira con ambas manos las trenzas. Como no sabe hablar, emite sonidos incomprensibles. Se tira de las trenzas hasta que la sangre le nubla los ojos. Sólo entonces se da cuenta el caballero de que se encuentra en los terreenos de un manicomio, y se aleja al instante, sin cuidarse de las monjas del convento, que agarran a la muchacha y la hacen entrar en la casa."
Thomas Bernhard
viernes, 27 de noviembre de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
"¿Qué cosa es miedo? ¿Proviene de la razón, o del sentimiento? Sobre esta cuestión disputé con frecuencia con el doctor Saúl Ascher, cuando por casualidad nos encontrábamos en el café Royal, en Berlín, donde durante largo tiempo almorzaba a diario. El afirmaba siempre que sentimos miedo de algo porque un razonamiento nos da a conocer que ese algo es temible; sólo la razón es una fuerza, no el sentimiento. Mientras yo comía y bebía, me demostraba él las excelencias de la razón. Hacia el final de su demostración, solía mirar el reloj, y siempre acababa la conversación con estas palabras: "La razón es el principio supremo." ¡Razón! Cuando oigo esta palabra veo siempre al doctor Saúl Ascher con sus piernas abstractas, con su casaca estrecha, de un color gris trascendental, y con su cara arisca y helada que podía servir de figura en un libro de Geometría. Este hombre, ya entrado en los cincuenta, era la personificación de la línea recta. En su tendencia a lo positivo, había exhaustado el filosofar de este pobre hombre todo lo que la vida tiene de bello: los rayos de Sol, la fe y todas las flores, y no le quedaba más que la tumba fría y positiva. Tenía una manía especial contra el Apolo del Belvedere y contra el cristianismo. Escribió contra este último una disertación en que demostraba su inconsistencia y su irracionalidad. Escribió, además, una gran cantidad de libros, en los cuales la razón se jacta constantemente de su propia excelsitud; esto lo pensaría muy en serio el pobre doctor, por lo cual ciertamente merece respeto; pero la gracia estaba en la cara grave y extravagante que ponía cuando no era capaz de comprender lo que cualquier niño comprendiera, por ser precisamente niño. De vez en cuadno visitaba yo al doctor de la razón en su casa particular, en la cual encontraba muchachas hermosas, pues la razón no se niega de la sensibilidad."
Heinrich Heine.
Heinrich Heine.
miércoles, 29 de julio de 2009
De: Franco Leonardo de Torres – Lanús
PUBERTAD
En la manzana de mi casa siempre roncan. Ya no es problema; el problema no es ese.
Todos en casa respetamos a padre.
Cuando ronca, a la noche, creo que nos va matar.
Los suyos, de igual volumen que los del séptimo, parece mellizo de los del C, son de hombre trabajador.
Hay momentos en que el ronquido llega al tope; el problema no es cuando ronca, sino cuando calla y todos nos quedamos así.
¡Imagináte que la pared te dé un manotazo o que la almohada te acaricie la cabeza!
En los ronquidos hay amenaza… esos pies que suben una escalera de piedra, pueden pudrirse en cualquier momento.
Un quiebre, una grieta, un grito.
Y esuchá: los pasos en el noveno, en el C.
Los chicos en el colegio se miran en los recreos y cambiamos figuritas. Estamos todos. Si alguno falta, alguno es mandado a dirección.
Siguen sonando, escuchemos los ronquidos...
que cuanto más fuertes, mayor la seguridad de que estamos despiertos y de que mañana vamos a dormir, no sin burla, durante la clase.
¡Y después que nos vienen a retar, con sus castigos de no mirar televisión!
¡Castigos de no salir a jugar a la pelota!
¡Cómo si eso nos hiciera algo! ¡Pobres padres!
Se desesperan cuando ven que no nos molesta no mirar televisión ni jugar a la pelota…
Y más de un día sin comer no nos dejan.
(A lo sumo será un día y medio).
Dan risa…
PUBERTAD
En la manzana de mi casa siempre roncan. Ya no es problema; el problema no es ese.
Todos en casa respetamos a padre.
Cuando ronca, a la noche, creo que nos va matar.
Los suyos, de igual volumen que los del séptimo, parece mellizo de los del C, son de hombre trabajador.
Hay momentos en que el ronquido llega al tope; el problema no es cuando ronca, sino cuando calla y todos nos quedamos así.
¡Imagináte que la pared te dé un manotazo o que la almohada te acaricie la cabeza!
En los ronquidos hay amenaza… esos pies que suben una escalera de piedra, pueden pudrirse en cualquier momento.
Un quiebre, una grieta, un grito.
Y esuchá: los pasos en el noveno, en el C.
Los chicos en el colegio se miran en los recreos y cambiamos figuritas. Estamos todos. Si alguno falta, alguno es mandado a dirección.
Siguen sonando, escuchemos los ronquidos...
que cuanto más fuertes, mayor la seguridad de que estamos despiertos y de que mañana vamos a dormir, no sin burla, durante la clase.
¡Y después que nos vienen a retar, con sus castigos de no mirar televisión!
¡Castigos de no salir a jugar a la pelota!
¡Cómo si eso nos hiciera algo! ¡Pobres padres!
Se desesperan cuando ven que no nos molesta no mirar televisión ni jugar a la pelota…
Y más de un día sin comer no nos dejan.
(A lo sumo será un día y medio).
Dan risa…
viernes, 24 de julio de 2009
Perdí el rastro
tras la palabra tachada,
nunca vuelve a empezar nada,
sólo hay poemas acabados.
Lagartijas, animales,
fiesta de disfraces en
un verso adinerado
"y la morocha no quiere bailar".
Sorprende su paso rápido,
tus giros bruscos
en esquinas de paredes pintadas.
Perdí, por último, tu espalda,
acostumbrado a su frente,
que ya no sé si era ella la que se iba.
tras la palabra tachada,
nunca vuelve a empezar nada,
sólo hay poemas acabados.
Lagartijas, animales,
fiesta de disfraces en
un verso adinerado
"y la morocha no quiere bailar".
Sorprende su paso rápido,
tus giros bruscos
en esquinas de paredes pintadas.
Perdí, por último, tu espalda,
acostumbrado a su frente,
que ya no sé si era ella la que se iba.
jueves, 16 de julio de 2009
Se escuchó:
“Reímos y saltamos
Para el que no sabe bailar
No hay empresa, no hay negocio
Que no conozca nuestro vals…
Los valses
Los valses.."
Y salieron de algún lugar (nadie los vio) tropezándose y corriendo como mamarracho y torbellino, chocando todos entre sí…: los folletos tomaron vuelo y las botellas rodaron en un sinfín de ruido pudriéndose…
-¿Quién los ve? –pregunta uno, del cuarto piso.
-El que los ve se vuelve loco –alguien comentó- dicen…
-¡Pero que dan gracia, la dan!
-¡Pero que asustan… sí, señor, que lo hacen!
"Yo tengo un compañero, que duerme en la calle, le dicen Alfo y duerme bocarriba, porque si no, no puede respirar: delicia de dormir boca arriba. Y me dice que por Avellaneda sólo una vez pasaron, pero por Quilmes, ahá… pasan en invierno, seguido"
-Pará, cállate que escucho algo.
-Pero ya pasaron…
-Claro…
-Ya pasaron.
-¿Escuchas?
-No. Vamos a dormir.
-Pero yo no duermo acá.
-Hacéme caso y vamos a dormir.
-Pero…
-¡Calláte y dormí!
Y se fueron a dormir.
“Reímos y saltamos
Para el que no sabe bailar
No hay empresa, no hay negocio
Que no conozca nuestro vals…
Los valses
Los valses.."
Y salieron de algún lugar (nadie los vio) tropezándose y corriendo como mamarracho y torbellino, chocando todos entre sí…: los folletos tomaron vuelo y las botellas rodaron en un sinfín de ruido pudriéndose…
-¿Quién los ve? –pregunta uno, del cuarto piso.
-El que los ve se vuelve loco –alguien comentó- dicen…
-¡Pero que dan gracia, la dan!
-¡Pero que asustan… sí, señor, que lo hacen!
"Yo tengo un compañero, que duerme en la calle, le dicen Alfo y duerme bocarriba, porque si no, no puede respirar: delicia de dormir boca arriba. Y me dice que por Avellaneda sólo una vez pasaron, pero por Quilmes, ahá… pasan en invierno, seguido"
-Pará, cállate que escucho algo.
-Pero ya pasaron…
-Claro…
-Ya pasaron.
-¿Escuchas?
-No. Vamos a dormir.
-Pero yo no duermo acá.
-Hacéme caso y vamos a dormir.
-Pero…
-¡Calláte y dormí!
Y se fueron a dormir.
martes, 14 de julio de 2009
Shanalia la ve - una mujer dobla en la esquina-; la ve y se retiene en mi oído, y su voz es Almagro en blanco y negro. De estas calles poco se sabe cuando llueve; el cielo parece una lámpara a punto de apagarse. Las hojas caen así, entonces, dando cortes de navaja; las contemplamos como si fuera nieve. Su mano hace diez minutos está quieta en mi pierna. Sabe que es una mujer por cómo camina. Esa forma de apurar el paso con los brazos pegados al cuerpo.
Cruzá
Le dice en mi oído, y su aliento huele a comida de hace tres días.
Si hubiera alguna manera de llamar a este momento, le pondría “película”; una sin color: todo está -es una maqueta- al alcance de nuestra mano, aunque la lluvia sea nuestra sábana y nuestro sexo un tributo a la cuadra.
¡Pero si sus dedos siguen ahí! ¡Si siguen en mi pierna –tímidos, en su cumpleaños- y ahora además apoya la cabeza en mi hombro!
Cruzá
Le dice; la mujer ya está a mitad de cuadra, donde el departamento de luz amarilla parece afiebrado (a estas horas cabe la cena) con quince pisos; y al otro lado otro edificio y recién al otro el baldío.
Y si ahora tuviese que ponerle un nombre, le pondría Shanalia, aunque se me fueran los pulmones intentando explicar por qué; cuando deja caer su otra mano en mi pierna.
Pero la saca y se va hasta las rodillas, como castigo, y musita y gime:
¡Cruzá… La mujer se acerca con esa marcha monótona de quien tiene prisa y exhala frío… y por cómo camina sabemos que no es de acá: los golpes de su taco bajo me llaman; con paciencia de serpiente, como niño devoto, la espero; nuestra sangre hierve entre bolsas de residuo.
Cruzá…
Le ruega…
Las manos de Shanalia son dos piedras nerviosas, y me inyecta un beso en el cuello. Yo me reclino un poco más y el insomnio cede; la chica ya cruzó y yo ya extraño esa solidaridad de Shanalia… me desvanezco y bailo un poco en el viento, como humo de palo borracho...queda Shanalia, una postal de Almagro a las nueve, cuando todos cenan.
Cruzá
Le dice en mi oído, y su aliento huele a comida de hace tres días.
Si hubiera alguna manera de llamar a este momento, le pondría “película”; una sin color: todo está -es una maqueta- al alcance de nuestra mano, aunque la lluvia sea nuestra sábana y nuestro sexo un tributo a la cuadra.
¡Pero si sus dedos siguen ahí! ¡Si siguen en mi pierna –tímidos, en su cumpleaños- y ahora además apoya la cabeza en mi hombro!
Cruzá
Le dice; la mujer ya está a mitad de cuadra, donde el departamento de luz amarilla parece afiebrado (a estas horas cabe la cena) con quince pisos; y al otro lado otro edificio y recién al otro el baldío.
Y si ahora tuviese que ponerle un nombre, le pondría Shanalia, aunque se me fueran los pulmones intentando explicar por qué; cuando deja caer su otra mano en mi pierna.
Pero la saca y se va hasta las rodillas, como castigo, y musita y gime:
¡Cruzá… La mujer se acerca con esa marcha monótona de quien tiene prisa y exhala frío… y por cómo camina sabemos que no es de acá: los golpes de su taco bajo me llaman; con paciencia de serpiente, como niño devoto, la espero; nuestra sangre hierve entre bolsas de residuo.
Cruzá…
Le ruega…
Las manos de Shanalia son dos piedras nerviosas, y me inyecta un beso en el cuello. Yo me reclino un poco más y el insomnio cede; la chica ya cruzó y yo ya extraño esa solidaridad de Shanalia… me desvanezco y bailo un poco en el viento, como humo de palo borracho...queda Shanalia, una postal de Almagro a las nueve, cuando todos cenan.
Bueno... no sé cuánto dure esto... total es gratis. Hay una nueva intención. Voy a subir aquellos textos medio rezagados por X o Y motivo, que quedaron medio olvidados en las carpetas y que no tuvieron revisión. Quizá a alguno le interese. Es como una sala de cuarentena; le voy a poner blog número seis, en honor a Chejov.
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