miércoles, 29 de julio de 2009

De: Franco Leonardo de Torres – Lanús

PUBERTAD


En la manzana de mi casa siempre roncan. Ya no es problema; el problema no es ese.

Todos en casa respetamos a padre.

Cuando ronca, a la noche, creo que nos va matar.

Los suyos, de igual volumen que los del séptimo, parece mellizo de los del C, son de hombre trabajador.

Hay momentos en que el ronquido llega al tope; el problema no es cuando ronca, sino cuando calla y todos nos quedamos así.

¡Imagináte que la pared te dé un manotazo o que la almohada te acaricie la cabeza!

En los ronquidos hay amenaza… esos pies que suben una escalera de piedra, pueden pudrirse en cualquier momento.

Un quiebre, una grieta, un grito.

Y esuchá: los pasos en el noveno, en el C.

Los chicos en el colegio se miran en los recreos y cambiamos figuritas. Estamos todos. Si alguno falta, alguno es mandado a dirección.

Siguen sonando, escuchemos los ronquidos...

que cuanto más fuertes, mayor la seguridad de que estamos despiertos y de que mañana vamos a dormir, no sin burla, durante la clase.

¡Y después que nos vienen a retar, con sus castigos de no mirar televisión!

¡Castigos de no salir a jugar a la pelota!

¡Cómo si eso nos hiciera algo! ¡Pobres padres!

Se desesperan cuando ven que no nos molesta no mirar televisión ni jugar a la pelota…

Y más de un día sin comer no nos dejan.

(A lo sumo será un día y medio).

Dan risa…

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