Shanalia la ve - una mujer dobla en la esquina-; la ve y se retiene en mi oído, y su voz es Almagro en blanco y negro. De estas calles poco se sabe cuando llueve; el cielo parece una lámpara a punto de apagarse. Las hojas caen así, entonces, dando cortes de navaja; las contemplamos como si fuera nieve. Su mano hace diez minutos está quieta en mi pierna. Sabe que es una mujer por cómo camina. Esa forma de apurar el paso con los brazos pegados al cuerpo.
Cruzá
Le dice en mi oído, y su aliento huele a comida de hace tres días.
Si hubiera alguna manera de llamar a este momento, le pondría “película”; una sin color: todo está -es una maqueta- al alcance de nuestra mano, aunque la lluvia sea nuestra sábana y nuestro sexo un tributo a la cuadra.
¡Pero si sus dedos siguen ahí! ¡Si siguen en mi pierna –tímidos, en su cumpleaños- y ahora además apoya la cabeza en mi hombro!
Cruzá
Le dice; la mujer ya está a mitad de cuadra, donde el departamento de luz amarilla parece afiebrado (a estas horas cabe la cena) con quince pisos; y al otro lado otro edificio y recién al otro el baldío.
Y si ahora tuviese que ponerle un nombre, le pondría Shanalia, aunque se me fueran los pulmones intentando explicar por qué; cuando deja caer su otra mano en mi pierna.
Pero la saca y se va hasta las rodillas, como castigo, y musita y gime:
¡Cruzá… La mujer se acerca con esa marcha monótona de quien tiene prisa y exhala frío… y por cómo camina sabemos que no es de acá: los golpes de su taco bajo me llaman; con paciencia de serpiente, como niño devoto, la espero; nuestra sangre hierve entre bolsas de residuo.
Cruzá…
Le ruega…
Las manos de Shanalia son dos piedras nerviosas, y me inyecta un beso en el cuello. Yo me reclino un poco más y el insomnio cede; la chica ya cruzó y yo ya extraño esa solidaridad de Shanalia… me desvanezco y bailo un poco en el viento, como humo de palo borracho...queda Shanalia, una postal de Almagro a las nueve, cuando todos cenan.
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